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Todo en su justa medida. Y no hay una única medida...

Opinión. Marzo, 2009.

A propósito de ese mail que anda circulando por estos días y que cuenta la siguiente historia:


Una mujer contemporánea –al parecer mejicana, por sus expresiones- que un día decide parar y reivindicar el rol de las mujeres como bellas damas reinas de su hogar, sabias, cultivadas, humanas, sensibles, llenas de entretenciones heredadas de generación en generación… La chica siente que es pagar un precio demasiado alto el querer vivir igual que los hombres; que madrugar, usar tacones y llevar una vida de ejecutiva, madre y, lo peor de todo: abandonada por los hombres, sobrepasa la capacidad de resistencia y es demasiado exigente con las mujeres. Que asumir esa vida de superwoman nos deja abatidas, deprimidas, sintiéndonos culpables y por ende insatisfechas.
Total, una mirada crítica a la vida de muchas mujeres de hoy, pero no por eso válida en todos sus planteamientos. Si miramos con detenimiento el estereotipo de mujer moderna que describe no es más que el producto de una sociedad superflua, que sigue siendo machista, cuyas creencias son mantenidas por las mujeres que se dejan cosificar para mantenerse siempre lindas, depiladas, flacas, con tetas, es decir muy deseables, luchando en franca lid con sus adversarios y además presas: los hombres. Bueno en este panorama no se sabe quién es presa de quién y tampoco por qué quien describe esta “mujer moderna” despotrica de nuestras antecesoras feministas, quienes precisamente proponen otro tipo de mujer: no esta Barbie esclava y ejecutiva, aparentemente insegura, que con sus esfuerzos físicos y mentales quiere demostrar que puede… Y seguro que puede y tiene derecho, pero que fatiga y que vacío…
Empecemos por decir que trabajar de forma remunerada es dignificante, es un derecho y es una necesidad sicológica y por supuesto socioeconómica.

Ser una mujer trabajadora es ser responsable de su circunstancia actual, de su ser de su hoy y de su futuro de manera activa, consciente. Casi sobra decir que es una actitud deseable en los tiempos que corren.
Si hubiera opción de elegir y mujeres dispuestas a estar en casa con el trabajo igualmente agotador que implica el hogar, pero de forma remunerada, todo sería un poco más equilibrado. Digo que un poco más, puesto que en ese escenario no faltaría el hombre que le dijese a su mujer que algo está mal y que si sigue así no le paga, o que tiene que trabajar más porque para eso se le paga…

Pero así no es, no se les paga a las madres por ser madres, amigas consejeras, criadoras, ni a las amas de casa por cocinar, limpiar, decorar y comprar; por ahora. Puede ser por que en la calle hay muchos más estímulos para el espíritu y el intelecto y retos de otro calado que en la casa, así es que no es de extrañar que no se haya creado una ley que exija remuneración a quienes están en casa, pues el mundo no es capaz de equiparar esta labor a aquella que se realiza de puertas para afuera. O puede ser que el placer y la tranquilidad que se experimenta en algunos felices casos en casa no haya dado pie, aún, a una movilización de las amas de casa para que se les pague por lo que se sienten plenas y en armonía…
Puede ser lo que sea, da igual, lo que me interesa aquí es reconocer que, gracias al trabajo remunerado de muchas mujeres, a la preparación profesional que se han forjado otras tantas, a su propia evolución individual y como colectivo, y al valor de miles, el mundo ha logrado avances significativos a favor de millones de personas.
Cualquier mirada ligera, frívola, como tiende a ser la de el email que me impulsó a escribir, sobre la realidad de las mujeres ejecutivas que tan duro lo llevan, lo mal llevan, ciega o empobrece la mirada humanista y global que hemos de tener sobre el resto de mujeres del mundo. No hay que olvidar que hay millones de ellas que no tienen una pareja que haga esa "tarea natural" (que propone el email) de trabajar para llevar bienestar a la familia. Casi la mayoría tienen que luchar muy duro en condiciones muy desiguales a los hombres, y siguen viviendo en la pobreza. Así que esa novela color rosa que nos pinta el email, de volver a ser mantenidas, dedicarnos al club y las amigas, a leer y a ser servidas… por otras mujeres… esas sí verdaderas trabajadoras…, sin duda alguna, no es ni de lejos posible para el grueso de la población, sino quizás para unas pocas familias de mentalidad tradicional y posición acomodada. Afortunadas, tal vez. Es una reivindicación que tiene algún sentido, pero que siendo los humanos como somos y estando el mundo como está no puede dejarnos más que frustradas de nuevo. Mejor dicho que hasta no cambiar los esquemas mentales, sociales, sobre la productividad, el desarrollo personal y la familia, aunque volvamos a lo que nos plantea el email y cojamos las riendas que a cada una nos parezcan adecuadas, sin ser juzgadas por los demás, no creo que sirvan de mucho estas abdicaciones que propone el email.
Creo que una mujer equilibrada y feliz ha de poder disfrutar las mieles del hogar y de lo privado tan fervorosamente como correr lejos de éste cada vez que quiera desplegar las alas hacia la aventura cualquiera que sea, sin tener que sacrificar tanto. Creo que una mujer tendría que poder delegar cargas o no asumirlas sin más. Esto es no renunciar a la maternidad si la desea, ni al trabajo si lo desea, ni a la vida en pareja si lo desea, ni a la vida en soledad si es su decisión, oponerse a ser perfecta, buscar deliberadamente el respeto por su apariencia -sea cual sea la que escoja para sí, y sin que ella la aliene sino que la alimente y le de brillo.
Entonces, aquellas mujeres que quieren a toda costa, pagando el precio que sea necesario, desarrollar una vida laboral y profesional fuera de las fronteras de su hogar, son mal vistas hasta por las mujeres. Porque es justamente esa falta de equilibrio que han mostrado y favorecido los hombres en su vida, con respecto a la vida personal y laboral, lo que hace que ahora nos encontremos ante algunas mujeres robot, que ya no dan más y que terminan asustando a los hombres, los robot de siempre. Han asumido en simultanea tantas responsabilidades que ya ni viven, que olvidan la verdadera importancia del trabajo y de la participación en la vida pública y en el desarrollo de un país. Mejor dicho, que han aprendido mal o demasiado bien del mundo competitivo y mecánico materialista masculino. Con excepciones afortunadas, por su puesto.

Ya lo sé, sé que estarán pensando que hay un solo mundo. Un mundo en teoría pero en la práctica hay muchos mundos. Y depende de nosotras a cuál ingresemos y en cual nos quedemos viviendo.

Mi mundo, sin más, es el mundo de la equidad –todo en su justa medida- y el de las relaciones sanas entre ellos y yo. Y para que sean sanas les tenemos que poner límites a ellos, nos tenemos que poner límites nosotras…

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